Partiendo de la premisa, no puede haber un desarrollo que no sea equitativo desde el punto de vista del género, es decir, no puede haber un desarrollo desigual para hombres y mujeres, se comenta en este ensayo el género en el desarrollo.
La historia del género en el desarrollo tiene su comienzo en el enfoque de mujeres en el desarrollo (MED). Este enfoque se centra en las mujeres y niñas, el problema que se señala es la exclusión de las mujeres del proceso de desarrollo, siendo éstas la mitad de los recursos humanos productivos ; y cuyo objetivo es un desarrollo más eficiente. Como solución propone la integración de las mujeres en el proceso de desarrollo existente. Las estrategias propuestas son, entre otras, proyectos de mujeres, aumentar su productividad, aumentar sus ingresos. Digamos que este es el enfoque clásico y que aún se sigue incluyendo en la definición de muchos proyectos de cooperación.
Recientemente se produce un cambio de estrategias y objetivos en la perspectiva para el desarrollo, se adopta desde diversos organismos el enfoque del género en el desarrollo (GED). Este enfoque se centra en las relaciones entre hombres y mujeres, el problema que se señala es las relaciones desiguales de poder que frenan un desarrollo igualitario y la plena participación de las mujeres; y cuyo objetivo es el desarrollo sostenible e igualitario con toma de decisiones compartidas entre mujeres y hombres. Como solución propone el “empoderamiento” (participación e impulso de políticas sociales favorables) de las mujeres y personas desfavorecidas, la transformación de relaciones desiguales. Las estrategias propuestas son identificar y señalar las necesidades prácticas de mujeres y hombres para mejorar sus condiciones de vida, y al mismo tiempo, identificar y señalar los intereses estratégicos de las mujeres.
Este cambio no es real, es decir, algunas organizaciones lo están incorporando pero es pronto para evaluar si el cambio es necesario ya que el cambio de paradigma puede que se pueda dar en el Norte pero no necesariamente en el Sur. Aquí es donde reside la problemática de este tema. Hay que tener en cuenta la diversidad de procesos culturales, otras perspectivas que salen de los movimientos feministas, protagonistas de la lucha por la igualdad en el Sur.
Una de las críticas que se repiten más desde el seno de estos movimientos es que las propuestas sobre género o democracia que vienen de Occidente, son etnocéntricas, vienen del Norte. No puede haber una imposición del Norte.
Existe un índice, que permite posicionar y clasificar a los países en función de una selección de indicadores relevantes de equidad de género, escogidos de acuerdo a información disponible y comparable a nivel internacional, llamado Índice de Equidad de Género (IEG). Este índice abarca tres dimensiones: la actividad económica (acceso a riqueza y reparto del trabajo), “empoderamiento” y educación (acceso y formación). Resulta curioso ver cuales son los cuatro países con mayor puntuación en las tres dimensiones, ya que uno de ellos es Ruanda, junto con Suecia, Finlandia y Noruega.
La proeza de Ruanda es doble. Por un lado, hubo de superar los estereotipos de género de la metrópoli que aplicó el colonialismo, lo cual supuso para las mujeres una disminución de sus derechos en relación a los hombres; por otro lado, tuvo que dejar atrás a los muertos del genocidio de 1994. Desconozco las causas que potenciaron esta equidad, pero parece claro que debido a las circunstancias se debe a la voluntad de una región, que a pesar de sus diferencias étnicas, encabeza esta clasificación mundial, y no africana. Además de las consecuencias del colonialismo, hay que tener en cuenta lo más reciente, la crisis económica de los años 80 y la epidemia de SIDA en los 90.
Entonces, considerando lo antes expuesto, ninguno de los dos modelos es válido por si mismo, sino que como bien expresa Gretchen Bauer , y cito textualmente: En la actualidad, los nuevos movimientos autónomos de las mujeres africanas han conducido a beneficios potencialmente importantes en varios países africanos en lo que llevamos de siglo XXI. En muchos países las asociaciones de mujeres constituyen el mayor sector organizado de la población; en todo el continente, los grupos de mujeres dominan las asociaciones a favor de los derechos humanos y las organizaciones de las iglesias. En general, la fuerza de esos grupos, alianzas y coaliciones esta ayudando a consolidar el conjunto del sector no gubernamental. Por otra parte, las organizaciones de mujeres han tendido a atraer miembros por encima de una serie de fallas que han dividido a los africanos en el pasado, incluidas las de la etnicidad, el clan y la religión. (…) Por toda África, los movimientos se han basado con frecuencia en la autoridad moral de las mujeres en tanto que madres para defender su inclusión en la política, en un modo que sería improbable fuera del continente. En varios países de África oriental y meridional, las mujeres han aprovechado la oportunidad de unas transiciones políticas tras unas situaciones de conflicto para insertarse, junto con sus organizaciones, en el proceso de redacción de nuevas constituciones de tal modo que países como Sudáfrica o Namibia cuentan hoy algunas de las constituciones más progresistas del mundo en lo referente a cuestiones de género. (…) Si bien las mujeres siguen encontrándose en muchos modos en una situación de desventaja y discriminación, en casi todos los países de África los movimientos femeninos están realizando un duro esfuerzo, con unos primeros resultados positivos, para crear una vida mejor para todos los africanos en el siglo XXI.
La enseñanza, el modelo, la referencia de esfuerzo ejemplar y lucha constante debería, esta vez, ser exportado por el Sur.
www.oxfam.org/es/
La historia del género en el desarrollo tiene su comienzo en el enfoque de mujeres en el desarrollo (MED). Este enfoque se centra en las mujeres y niñas, el problema que se señala es la exclusión de las mujeres del proceso de desarrollo, siendo éstas la mitad de los recursos humanos productivos ; y cuyo objetivo es un desarrollo más eficiente. Como solución propone la integración de las mujeres en el proceso de desarrollo existente. Las estrategias propuestas son, entre otras, proyectos de mujeres, aumentar su productividad, aumentar sus ingresos. Digamos que este es el enfoque clásico y que aún se sigue incluyendo en la definición de muchos proyectos de cooperación.
Recientemente se produce un cambio de estrategias y objetivos en la perspectiva para el desarrollo, se adopta desde diversos organismos el enfoque del género en el desarrollo (GED). Este enfoque se centra en las relaciones entre hombres y mujeres, el problema que se señala es las relaciones desiguales de poder que frenan un desarrollo igualitario y la plena participación de las mujeres; y cuyo objetivo es el desarrollo sostenible e igualitario con toma de decisiones compartidas entre mujeres y hombres. Como solución propone el “empoderamiento” (participación e impulso de políticas sociales favorables) de las mujeres y personas desfavorecidas, la transformación de relaciones desiguales. Las estrategias propuestas son identificar y señalar las necesidades prácticas de mujeres y hombres para mejorar sus condiciones de vida, y al mismo tiempo, identificar y señalar los intereses estratégicos de las mujeres.
Este cambio no es real, es decir, algunas organizaciones lo están incorporando pero es pronto para evaluar si el cambio es necesario ya que el cambio de paradigma puede que se pueda dar en el Norte pero no necesariamente en el Sur. Aquí es donde reside la problemática de este tema. Hay que tener en cuenta la diversidad de procesos culturales, otras perspectivas que salen de los movimientos feministas, protagonistas de la lucha por la igualdad en el Sur.
Una de las críticas que se repiten más desde el seno de estos movimientos es que las propuestas sobre género o democracia que vienen de Occidente, son etnocéntricas, vienen del Norte. No puede haber una imposición del Norte.
Existe un índice, que permite posicionar y clasificar a los países en función de una selección de indicadores relevantes de equidad de género, escogidos de acuerdo a información disponible y comparable a nivel internacional, llamado Índice de Equidad de Género (IEG). Este índice abarca tres dimensiones: la actividad económica (acceso a riqueza y reparto del trabajo), “empoderamiento” y educación (acceso y formación). Resulta curioso ver cuales son los cuatro países con mayor puntuación en las tres dimensiones, ya que uno de ellos es Ruanda, junto con Suecia, Finlandia y Noruega.
La proeza de Ruanda es doble. Por un lado, hubo de superar los estereotipos de género de la metrópoli que aplicó el colonialismo, lo cual supuso para las mujeres una disminución de sus derechos en relación a los hombres; por otro lado, tuvo que dejar atrás a los muertos del genocidio de 1994. Desconozco las causas que potenciaron esta equidad, pero parece claro que debido a las circunstancias se debe a la voluntad de una región, que a pesar de sus diferencias étnicas, encabeza esta clasificación mundial, y no africana. Además de las consecuencias del colonialismo, hay que tener en cuenta lo más reciente, la crisis económica de los años 80 y la epidemia de SIDA en los 90.
Entonces, considerando lo antes expuesto, ninguno de los dos modelos es válido por si mismo, sino que como bien expresa Gretchen Bauer , y cito textualmente: En la actualidad, los nuevos movimientos autónomos de las mujeres africanas han conducido a beneficios potencialmente importantes en varios países africanos en lo que llevamos de siglo XXI. En muchos países las asociaciones de mujeres constituyen el mayor sector organizado de la población; en todo el continente, los grupos de mujeres dominan las asociaciones a favor de los derechos humanos y las organizaciones de las iglesias. En general, la fuerza de esos grupos, alianzas y coaliciones esta ayudando a consolidar el conjunto del sector no gubernamental. Por otra parte, las organizaciones de mujeres han tendido a atraer miembros por encima de una serie de fallas que han dividido a los africanos en el pasado, incluidas las de la etnicidad, el clan y la religión. (…) Por toda África, los movimientos se han basado con frecuencia en la autoridad moral de las mujeres en tanto que madres para defender su inclusión en la política, en un modo que sería improbable fuera del continente. En varios países de África oriental y meridional, las mujeres han aprovechado la oportunidad de unas transiciones políticas tras unas situaciones de conflicto para insertarse, junto con sus organizaciones, en el proceso de redacción de nuevas constituciones de tal modo que países como Sudáfrica o Namibia cuentan hoy algunas de las constituciones más progresistas del mundo en lo referente a cuestiones de género. (…) Si bien las mujeres siguen encontrándose en muchos modos en una situación de desventaja y discriminación, en casi todos los países de África los movimientos femeninos están realizando un duro esfuerzo, con unos primeros resultados positivos, para crear una vida mejor para todos los africanos en el siglo XXI.
La enseñanza, el modelo, la referencia de esfuerzo ejemplar y lucha constante debería, esta vez, ser exportado por el Sur.
www.oxfam.org/es/


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