La educación para el desarrollo es un proceso educativo (formal, no formal o informal) constante para adquirir conocimientos, actitudes y valores que promuevan una ciudadanía crítica global y una cultura de la solidaridad contra la pobreza y la exclusión y que promocione el desarrollo humano sostenible. Esta es una de las posibles definiciones sobre la educación para el desarrollo (ED).
Antes la educación era un dominio de la escuela y las relaciones con los padres y el entorno, ahora es un dominio compartido por la escuela, los medios de comunicación y quizás la escasa presencia de los padres.
Para que este proceso sea constante y formativo en valores y actitudes que promuevan una ciudadanía crítica global y el desarrollo sostenible, se pueden señalar cuatro dimensiones diferentes. La primera sería la sensibilización que consistiría en conmover a la gente para que actúe, sería una acción a corto plazo que debe alertar sobre las causas de la pobreza y las estructuras que las perpetúan. En segundo lugar sería necesaria una formación de contenidos, habilidades y valores para adquirir una actitud crítica. En tercer lugar habría que añadir la investigación de la problemática del desarrollo y fundamentar las propuestas para promover el desarrollo humano y la generación de la ciudadanía global. Y por último habría que incidir en la política y provocar la movilización social, con ello se buscaría influir en las decisiones políticas a nivel local, nacional y global que se adoptan en el Norte y que afectan a los pueblos del Sur, planteando propuestas a favor del desarrollo humano.
Este último paso o dimensión hace hincapié en la incidencia política porque tras años de proyectos de cooperación y estudios los diferentes actores no políticos que trabajan en este campo han llegado a la conclusión que el desarrollo no es un filantropía, no es tampoco una coincidencia constante de malas prácticas sino que debido al esfuerzo invertido y el fracaso conseguido se han percatado de que el desarrollo es política. Se tienen que exigir cambios políticos, se tiene que educar para promover estos cambios.
La base para coordinar este cambio son las ONGD que son fundamentalmente organizaciones que defienden valores, principios y conductas basadas en la solidaridad. Esta es la base pero se debe comprender que las cuatro dimensiones antes mencionadas deben llevarse a cabo. Se debe conseguir una educación para unos nuevos sujetos sociales y comunitarios capaces de construir nuevos modelos de desarrollo en clave sostenible siempre, donde los derechos de las mayorías sean posibles y la diversidad como fuente de riqueza social.
Para conseguir esto el primer paso y fundamental sería dejar todo lo que estamos construyendo y destruir parte de lo construido para desaprender, es decir, volver a un punto donde ciertas prácticas se conviertan en sostenibles y humanas.
Debemos olvidarnos de líneas en el mapa sustentadas por intereses políticos y económicos que se ponen del lado de las víctimas para ejercer una hipocresía de dimensiones desconocidas en la historia de la humanidad, hasta el punto de pensar que nadie les enseño nada y por la tanto debemos educarlos, si bien es cierto que a muchos otros hay que desaprenderlos siempre a través de la razón de un argumento tan potente como que el mundo es uno y no varios y que si la línea del desarrollo continúa de este modo es posible que haya ninguno.
Desaprender suena a absoluto pero en realidad es aprender a vivir con menos. A vivir con menos de lo que producimos que es excesivo, es decir a vivir con lo necesario y lo sostenible. La pregunta inevitable es si todo esto se puede conseguir, ¿acaso no parece una utopía? Desde luego que lo es. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados y debemos destruir ese edificio que por tembloroso es insostenible.
Antes la educación era un dominio de la escuela y las relaciones con los padres y el entorno, ahora es un dominio compartido por la escuela, los medios de comunicación y quizás la escasa presencia de los padres.
Para que este proceso sea constante y formativo en valores y actitudes que promuevan una ciudadanía crítica global y el desarrollo sostenible, se pueden señalar cuatro dimensiones diferentes. La primera sería la sensibilización que consistiría en conmover a la gente para que actúe, sería una acción a corto plazo que debe alertar sobre las causas de la pobreza y las estructuras que las perpetúan. En segundo lugar sería necesaria una formación de contenidos, habilidades y valores para adquirir una actitud crítica. En tercer lugar habría que añadir la investigación de la problemática del desarrollo y fundamentar las propuestas para promover el desarrollo humano y la generación de la ciudadanía global. Y por último habría que incidir en la política y provocar la movilización social, con ello se buscaría influir en las decisiones políticas a nivel local, nacional y global que se adoptan en el Norte y que afectan a los pueblos del Sur, planteando propuestas a favor del desarrollo humano.
Este último paso o dimensión hace hincapié en la incidencia política porque tras años de proyectos de cooperación y estudios los diferentes actores no políticos que trabajan en este campo han llegado a la conclusión que el desarrollo no es un filantropía, no es tampoco una coincidencia constante de malas prácticas sino que debido al esfuerzo invertido y el fracaso conseguido se han percatado de que el desarrollo es política. Se tienen que exigir cambios políticos, se tiene que educar para promover estos cambios.
La base para coordinar este cambio son las ONGD que son fundamentalmente organizaciones que defienden valores, principios y conductas basadas en la solidaridad. Esta es la base pero se debe comprender que las cuatro dimensiones antes mencionadas deben llevarse a cabo. Se debe conseguir una educación para unos nuevos sujetos sociales y comunitarios capaces de construir nuevos modelos de desarrollo en clave sostenible siempre, donde los derechos de las mayorías sean posibles y la diversidad como fuente de riqueza social.
Para conseguir esto el primer paso y fundamental sería dejar todo lo que estamos construyendo y destruir parte de lo construido para desaprender, es decir, volver a un punto donde ciertas prácticas se conviertan en sostenibles y humanas.
Debemos olvidarnos de líneas en el mapa sustentadas por intereses políticos y económicos que se ponen del lado de las víctimas para ejercer una hipocresía de dimensiones desconocidas en la historia de la humanidad, hasta el punto de pensar que nadie les enseño nada y por la tanto debemos educarlos, si bien es cierto que a muchos otros hay que desaprenderlos siempre a través de la razón de un argumento tan potente como que el mundo es uno y no varios y que si la línea del desarrollo continúa de este modo es posible que haya ninguno.
Desaprender suena a absoluto pero en realidad es aprender a vivir con menos. A vivir con menos de lo que producimos que es excesivo, es decir a vivir con lo necesario y lo sostenible. La pregunta inevitable es si todo esto se puede conseguir, ¿acaso no parece una utopía? Desde luego que lo es. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados y debemos destruir ese edificio que por tembloroso es insostenible.

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