Una vez establecida la diferencia entre pluralismo cultural y multiculturalismo, es necesario conocer la naturaleza de la situación actual en cuanto a los derechos culturales de los ciudadanos que habitan un territorio determinado. Según T. H. Marshall, la perspectiva histórica de los elementos que componen la ciudadanía se sucede de la siguiente manera: en el siglo XVIII se incorporan los derechos necesarios para la libertad individual (civil), en el siglo XIX se incorporan los derechos de participación (político) y en el siglo XX se incorpora el bienestar social (social). Este desarrollo histórico parte de los derechos individuales a los derechos sociales y pretende dibujar el esqueleto de la democracia. En la actualidad, el debate se sitúa en la incorporación de los derechos culturales (cultura).
Un caso práctico de este debate es el velo islámico, el contexto político es el estado laico francés.
Según la antropología de las migraciones, una buena investigación sobre un proceso migratorio no se puede entender citando solo el destino sino también el origen. Es necesario conocer las causas por las que se produce ese movimiento migratorio.
El destino es la estructura supranacional europea donde distintas culturas (de la portuguesa a la griega y de la española a la sueca) han aprendido a convivir, que no a gobernar y tomar decisiones conjuntas. El origen es un país árabe cualquiera.
En este punto, la multitud se echa las manos a la cabeza y grita discriminación. ¡Árabe¡, horror. En este artículo no se valora que ciertos aspectos que en Europa se entienden como democráticos, por ejemplo los elementos de ciudadanía citados anteriormente, sean iguales en un país diferente, con otra cultura y que es dueño de su propio desarrollo. Tampoco se banaliza con la cuestión universal del desarrollo, del mismo modo que tampoco se pretende hacerlo con el objeto de la discordia: el velo. Una mujer musulmana sin velo no se siente tal sin éste, en Francia, baluarte del asimilacionismo como modelo de integración, ha surgido la polémica con esta prenda musulmana. En las escuelas, mecanismo imprescindible para educar de acuerdo a los valores del mito fundacional francés, se prohíbe la exhibición de cualquier símbolo religioso. Se debe entender que tampoco hay una cruz, una estrella de David o una media luna colgadas en la pared, así como hay una niña cristiana que lleva su colgante con la cruz dentro de la camiseta, o una niña musulmana lleva su velo en la mochila. Todos son iguales ante la singularidad cultural francesa. Todos son hermanos del modelo de integración. Todos son libres de practicar su religión. Se entiende que Francia es una democracia, se entiende que la respuesta del estado es legítima ya que han sido los ciudadanos a través de su mito fundacional los que han creado un modelo
tan singular en el que muchas culturas han sido acogidas.
Los resultados de esta política son discutibles si observamos los hechos extraordinarios de hace dos años y los cotidianos ocurridos en las banlieues. No olvidemos los gritos de ¡Afrique! ¡Afrique! acompañados de disturbios y antidisturbios en la puerta de los suburbios del norte, la Gare de Nord; ni de los silbidos en el Stade de France cuando suena la marsellesa.
Se trata de un caso particular que sirve para comprender que sucedería si se generalizara la polémica. ¿Qué sucedería en caso de que un grupo de mujeres emigrantes españolas en Egipto reclamase el derecho a abortar que tienen en España? ¿Es el aborto una banalidad comparado con un símbolo religioso?, ¿es el aborto un derecho de la mujer?, ¿es un derecho la religión? No en Francia, no en Europa, aunque los religiosos allí tienen derechos. Y obviamente, abortar es un derecho de la mujer.
Se ha denominado eurocentrismo a la manera de entender el mundo desde Europa para cualquier tema. No existe ningún motivo aparente para que haya una comunidad española contabilizada en millones en Egipto, pero si la hubiese, ¿tendrían derecho a reclamar algo?, incluso ¿tendrían el derecho a reclamar?
La hipótesis que se plantea es si el grado de libertad exigido en el destino se corresponde inversamente a la falta de libertades en el origen. Este estudio es complejo ya que debería realizarse a través de indicadores como la participación efectiva, la igualdad de voto, el control de la agenda, la comprensión ilustrada y otros muchos más; todo ello por partida doble para valorar el origen y el destino. Todo ello para valorar si se escapa de un régimen no democrático a uno que “si” lo es, y obviando los motivos de la migración que en la actualidad son laborales, no en busca de una ciudadanía más adecuada.
Las acusaciones más previsibles son: Estás diciendo que no se quejen, que bastante tienen con estar en Europa. No es lo que quiere decir este artículo, al contrario, como subrayaba al comienzo sobre la diversidad cultural de los países miembros de la UE, se apela al pluralismo cultural. Se necesitan organismos que velen por la tolerancia y el respeto, no puede haber proselitismo en una sociedad plural. Entonces quieres decir que la Unión Europea es para cristianos. Tampoco, en Europa cristianos, judíos, musulmanes, budistas y satánicos tienen los mismos derechos. No se trata de una cuestión religiosa, ni una cuestión sobre inmigración, se trata de una cuestión cultural.
Un caso práctico de este debate es el velo islámico, el contexto político es el estado laico francés.
Según la antropología de las migraciones, una buena investigación sobre un proceso migratorio no se puede entender citando solo el destino sino también el origen. Es necesario conocer las causas por las que se produce ese movimiento migratorio.
El destino es la estructura supranacional europea donde distintas culturas (de la portuguesa a la griega y de la española a la sueca) han aprendido a convivir, que no a gobernar y tomar decisiones conjuntas. El origen es un país árabe cualquiera.
En este punto, la multitud se echa las manos a la cabeza y grita discriminación. ¡Árabe¡, horror. En este artículo no se valora que ciertos aspectos que en Europa se entienden como democráticos, por ejemplo los elementos de ciudadanía citados anteriormente, sean iguales en un país diferente, con otra cultura y que es dueño de su propio desarrollo. Tampoco se banaliza con la cuestión universal del desarrollo, del mismo modo que tampoco se pretende hacerlo con el objeto de la discordia: el velo. Una mujer musulmana sin velo no se siente tal sin éste, en Francia, baluarte del asimilacionismo como modelo de integración, ha surgido la polémica con esta prenda musulmana. En las escuelas, mecanismo imprescindible para educar de acuerdo a los valores del mito fundacional francés, se prohíbe la exhibición de cualquier símbolo religioso. Se debe entender que tampoco hay una cruz, una estrella de David o una media luna colgadas en la pared, así como hay una niña cristiana que lleva su colgante con la cruz dentro de la camiseta, o una niña musulmana lleva su velo en la mochila. Todos son iguales ante la singularidad cultural francesa. Todos son hermanos del modelo de integración. Todos son libres de practicar su religión. Se entiende que Francia es una democracia, se entiende que la respuesta del estado es legítima ya que han sido los ciudadanos a través de su mito fundacional los que han creado un modelo
tan singular en el que muchas culturas han sido acogidas.Los resultados de esta política son discutibles si observamos los hechos extraordinarios de hace dos años y los cotidianos ocurridos en las banlieues. No olvidemos los gritos de ¡Afrique! ¡Afrique! acompañados de disturbios y antidisturbios en la puerta de los suburbios del norte, la Gare de Nord; ni de los silbidos en el Stade de France cuando suena la marsellesa.
Se trata de un caso particular que sirve para comprender que sucedería si se generalizara la polémica. ¿Qué sucedería en caso de que un grupo de mujeres emigrantes españolas en Egipto reclamase el derecho a abortar que tienen en España? ¿Es el aborto una banalidad comparado con un símbolo religioso?, ¿es el aborto un derecho de la mujer?, ¿es un derecho la religión? No en Francia, no en Europa, aunque los religiosos allí tienen derechos. Y obviamente, abortar es un derecho de la mujer.
Se ha denominado eurocentrismo a la manera de entender el mundo desde Europa para cualquier tema. No existe ningún motivo aparente para que haya una comunidad española contabilizada en millones en Egipto, pero si la hubiese, ¿tendrían derecho a reclamar algo?, incluso ¿tendrían el derecho a reclamar?
La hipótesis que se plantea es si el grado de libertad exigido en el destino se corresponde inversamente a la falta de libertades en el origen. Este estudio es complejo ya que debería realizarse a través de indicadores como la participación efectiva, la igualdad de voto, el control de la agenda, la comprensión ilustrada y otros muchos más; todo ello por partida doble para valorar el origen y el destino. Todo ello para valorar si se escapa de un régimen no democrático a uno que “si” lo es, y obviando los motivos de la migración que en la actualidad son laborales, no en busca de una ciudadanía más adecuada.
Las acusaciones más previsibles son: Estás diciendo que no se quejen, que bastante tienen con estar en Europa. No es lo que quiere decir este artículo, al contrario, como subrayaba al comienzo sobre la diversidad cultural de los países miembros de la UE, se apela al pluralismo cultural. Se necesitan organismos que velen por la tolerancia y el respeto, no puede haber proselitismo en una sociedad plural. Entonces quieres decir que la Unión Europea es para cristianos. Tampoco, en Europa cristianos, judíos, musulmanes, budistas y satánicos tienen los mismos derechos. No se trata de una cuestión religiosa, ni una cuestión sobre inmigración, se trata de una cuestión cultural.

No hay comentarios:
Publicar un comentario