Hacer callar los silbidos, este es el título del polémico artículo con el que el periódico alemán Süddeustsche Zeitung (Stefan Ulrich) analiza las claves del debate abierto en Francia sobre la identidad nacional, cuestión, que afirma el rotativo, atormenta a todos los europeos. La polémica proviene de la siguiente interrogación: Y si Francia muestra de nuevo el camino al continente?; en clara referencia a la trayectoria del pensamiento y la acción política en el país galo. Dice:
« El primer desgarro en la conciencia que la “Gran Nación” tiene de ella misma sucedió el 6 de octubre de 2001, en un partido entre la selección de futbol francesa y la argelina. La Marselleise fue acogida con los silbidos y abucheos de los jóvenes franceses de origen magrebí. Francia quedó escandalizada, ¿a qué punto se había llegado si sus propios ciudadanos se reían de su himno fundacional? ¿qué valor tenían los valores republicanos?
Durante su campaña para las presidenciales de 2007, Nicolas Sarkozy otorgó un papel central a la cuestión de la identidad nacional, y ahora lo ha vuelto a ella. A partir del dos de noviembre, durante un mes, los prefectos – cuyo equivalente en España serían los Presidentes de las CC.AA– deben organizar un debate en todo el país. Se espera una respuesta a la siguiente pregunta: aujourd´hui, que veut dire “être français” (¿qué significa hoy ser francés?).
¿Un debate típicamente francés? Evidentemente. En Alemania, cualquier gobierno que hiciese uso de su autoridad para lanzar un debate de este orden se cubriría de gloria. Por un lado, porque el concepto nación, mancillado por el nazismo, pesa sobre la percepción que tienen los alemanes de ellos mismos. Por otro lado, porque en la República Federal, es a la sociedad y no al estado, a la que pertenece el debate. Es obvio que con esta cuestión, Sarkozy persigue otros objetivos, digamos egoístas. Dentro de unos meses, el 14 y 21 de marzo, se celebran las elecciones regionales en Francia. La cuestión de la identidad nacional llega también para volver la vista a otros temas que no sean la deuda pública y otras fuentes de malestar gubernamental. De lo que no se ha dado cuenta el Presidente de la República es de que corre el riesgo de fabricar una oposición entre nación e inmigración y de enfrentar a franceses e inmigrantes.
Sin embargo, es importante que Francia se interrogue sobre su identidad. ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos ser? Tras la caída del muro, en otros países también, sus ciudadanos se vuelven hacía valores nacionalistas, en particular en Europa Central. Sobre el papel, la Unión Europea, es un éxito irrefutable, magistral suerte de imperio que protege a sus ciudadanos de la necesidad y de la guerra. El problema es que no tiene alma y sus habitantes buscan puntos en común que creen más bien encontrar en sus países que en la Unión.
La nación sufre a día de hoy tensiones internas como externas. Externas, ya que pierde su fortaleza identitaria en detrimento de la Unión Europea y otros organismos supranacionales. Esto resulta difícil en un país orgulloso como Francia, donde Luis XIV declaró: Je suis français avant que d´être roi (Antes que ser rey soy francés). Internas, debido a las modificaciones que producen los inmigrantes en la sociedad. En ciudades como Paris, gentes venidas de diferentes continentes e innumerables países cohabitan en un territorio angosto y todos son ciudadanos franceses. El hecho de preguntarse qué es ser francés no tiene nada que ver con un debate académico o intelectual. Una sociedad no puede integrar a los que acaban de llegar, ni puede solucionar los problemas de convivencia si no sabe que quiere ser. ¿El burqa en la oficina? ¿Crucifijos en las aulas? ¿Religión en los colegios públicos?
Con su revolución Francia aventajó doscientos veinte años a Europa. Podría hacerlo de nuevo en esta redefinición de la identidad nacional. En esta empresa, los franceses tienen la ventaja de que tradicionalmente no conciben los valores nacionales en términos étnicos, sino republicanos. No es la sangre sino el compromiso lo que hace que alguien se sienta francés. Este concepto puede ayudar a Francia a forjar una nueva nación a partir de una coexistencia multicultural. Esto solo puede ser positivo para Europa, si ésta se decide un día a buscar su propia identidad.
Teniendo en cuenta su pasado, Francia, ya ha hecho prueba de su capacidad de integración. Los apellidos de muchos de sus ciudadanos prueban cuántos alemanes, polacos o españoles entraron en la “Gran Nación”. Uno de sus más notables poetas, Guillaume Apollinaire era de padre italiano y madre polaca. Los antepasados del actual presidente venían de Hungría y Salónica. Francia debe hoy en día aceptar a sus inmigrantes de origen musulmán en su seno. La situación de algunas banlieues desfavorecidas – barrios periféricos de las principales ciudades – y los éxitos puntuales del Frente Nacional demuestran que el camino por recorrer no es fácil. Por lo demás, este debate sobre la identidad nacional no es más que el principio. Una etapa estará superada cuando los jóvenes franceses de origen magrebí no silben más La Marseillaise. »
« El primer desgarro en la conciencia que la “Gran Nación” tiene de ella misma sucedió el 6 de octubre de 2001, en un partido entre la selección de futbol francesa y la argelina. La Marselleise fue acogida con los silbidos y abucheos de los jóvenes franceses de origen magrebí. Francia quedó escandalizada, ¿a qué punto se había llegado si sus propios ciudadanos se reían de su himno fundacional? ¿qué valor tenían los valores republicanos?
Durante su campaña para las presidenciales de 2007, Nicolas Sarkozy otorgó un papel central a la cuestión de la identidad nacional, y ahora lo ha vuelto a ella. A partir del dos de noviembre, durante un mes, los prefectos – cuyo equivalente en España serían los Presidentes de las CC.AA– deben organizar un debate en todo el país. Se espera una respuesta a la siguiente pregunta: aujourd´hui, que veut dire “être français” (¿qué significa hoy ser francés?).
¿Un debate típicamente francés? Evidentemente. En Alemania, cualquier gobierno que hiciese uso de su autoridad para lanzar un debate de este orden se cubriría de gloria. Por un lado, porque el concepto nación, mancillado por el nazismo, pesa sobre la percepción que tienen los alemanes de ellos mismos. Por otro lado, porque en la República Federal, es a la sociedad y no al estado, a la que pertenece el debate. Es obvio que con esta cuestión, Sarkozy persigue otros objetivos, digamos egoístas. Dentro de unos meses, el 14 y 21 de marzo, se celebran las elecciones regionales en Francia. La cuestión de la identidad nacional llega también para volver la vista a otros temas que no sean la deuda pública y otras fuentes de malestar gubernamental. De lo que no se ha dado cuenta el Presidente de la República es de que corre el riesgo de fabricar una oposición entre nación e inmigración y de enfrentar a franceses e inmigrantes.
Sin embargo, es importante que Francia se interrogue sobre su identidad. ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos ser? Tras la caída del muro, en otros países también, sus ciudadanos se vuelven hacía valores nacionalistas, en particular en Europa Central. Sobre el papel, la Unión Europea, es un éxito irrefutable, magistral suerte de imperio que protege a sus ciudadanos de la necesidad y de la guerra. El problema es que no tiene alma y sus habitantes buscan puntos en común que creen más bien encontrar en sus países que en la Unión.
La nación sufre a día de hoy tensiones internas como externas. Externas, ya que pierde su fortaleza identitaria en detrimento de la Unión Europea y otros organismos supranacionales. Esto resulta difícil en un país orgulloso como Francia, donde Luis XIV declaró: Je suis français avant que d´être roi (Antes que ser rey soy francés). Internas, debido a las modificaciones que producen los inmigrantes en la sociedad. En ciudades como Paris, gentes venidas de diferentes continentes e innumerables países cohabitan en un territorio angosto y todos son ciudadanos franceses. El hecho de preguntarse qué es ser francés no tiene nada que ver con un debate académico o intelectual. Una sociedad no puede integrar a los que acaban de llegar, ni puede solucionar los problemas de convivencia si no sabe que quiere ser. ¿El burqa en la oficina? ¿Crucifijos en las aulas? ¿Religión en los colegios públicos?
Con su revolución Francia aventajó doscientos veinte años a Europa. Podría hacerlo de nuevo en esta redefinición de la identidad nacional. En esta empresa, los franceses tienen la ventaja de que tradicionalmente no conciben los valores nacionales en términos étnicos, sino republicanos. No es la sangre sino el compromiso lo que hace que alguien se sienta francés. Este concepto puede ayudar a Francia a forjar una nueva nación a partir de una coexistencia multicultural. Esto solo puede ser positivo para Europa, si ésta se decide un día a buscar su propia identidad.
Teniendo en cuenta su pasado, Francia, ya ha hecho prueba de su capacidad de integración. Los apellidos de muchos de sus ciudadanos prueban cuántos alemanes, polacos o españoles entraron en la “Gran Nación”. Uno de sus más notables poetas, Guillaume Apollinaire era de padre italiano y madre polaca. Los antepasados del actual presidente venían de Hungría y Salónica. Francia debe hoy en día aceptar a sus inmigrantes de origen musulmán en su seno. La situación de algunas banlieues desfavorecidas – barrios periféricos de las principales ciudades – y los éxitos puntuales del Frente Nacional demuestran que el camino por recorrer no es fácil. Por lo demás, este debate sobre la identidad nacional no es más que el principio. Una etapa estará superada cuando los jóvenes franceses de origen magrebí no silben más La Marseillaise. »
